Fofi!

Crujientes Aventuras

En la cocina de un pequeño restaurante, entre el chisporroteo del aceite y el aroma de especias, nació Fofi, una hamburguesa de pollo crujiente. Su pan dorado y esponjoso la abrazaba con calidez, la lechuga fresca le hacía cosquillas y el queso derretido se aferraba a ella como un abrazo. Todo parecía normal hasta que, de repente, sintió algo extraño: podía pensar, podía moverse… ¡estaba viva! Miró a su alrededor y vio otras hamburguesas alineadas en sus bandejas, pero ninguna se movía ni hablaba.

—¿Hola? —susurró, esperando respuesta. Nada. Solo el sonido de las freidoras y la voz del cocinero tarareando. Un escalofrío recorrió su dorada cobertura de empanizado. ¿Por qué ella era diferente? ¿Por qué tenía conciencia mientras las demás esperaban, inmóviles, su destino? Con miedo y emoción a la vez, Fofi supo que tenía que descubrir el propósito de su existencia antes de que alguien la mordiera.

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El corazón—si es que una hamburguesa podía tener uno—le latía con fuerza cuando vio al cocinero acercarse. Sus enormes manos enguantadas la levantaron con firmeza y la colocaron en una bandeja junto a un puñado de papas fritas. Fofi sintió un escalofrío cuando la envolvieron en papel encerado. ¡Era su fin! Desde su prisión grasosa, escuchó la voz de un empleado gritar: “¡Pedido 42, listo!”

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Fofi rodó por la acera, sintiendo el aire nocturno acariciar su crujiente empanizado. A su alrededor, la ciudad era un mundo nuevo y desconocido: luces de neón parpadeaban, autos rugían a toda velocidad y las personas caminaban distraídas con sus teléfonos. Nadie notaba a la pequeña hamburguesa fugitiva, lo cual era un alivio… hasta que un perro callejero la vio. Con la lengua afuera y los ojos brillando de emoción, el canino empezó a perseguirla con un entusiasmo aterrador.

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Fofi observó a los extraños alimentos vivientes con cautela. El hot dog de gafas fue el primero en acercarse y le ajustó el marco con aire serio.

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Fofi respiró hondo. Su pan dorado ya no goteaba, y con cada segundo que pasaba, sentía más confianza en sí misma. No iba a dejar que La Masa se llevara a su amigo.

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Fofi corrió lo más rápido que pudo hacia el barril de aceite fresco. Sus pequeñas zapatillas salpicaban el agua sucia del suelo mientras el sonido de La Masa persiguiendo a sus amigos retumbaba en el túnel.

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El grupo avanzó por el callejón con pasos apresurados, sus sombras alargándose bajo la tenue luz de los faroles. Fofi sentía su corazón crujiente latir con fuerza. Aún podía oír los furiosos borboteos de la masa atrapada en el aceite, y la idea de que pudiera liberarse la ponía nerviosa.

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La tensión en el callejón era insoportable. Fofi sentía el peso de la mirada de Carbón sobre ella y su equipo, pero sabía que tenía que mantenerse firme.

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Fofi y su equipo dieron unos pasos hacia atrás mientras la masa burbujeante se alzaba con furia, escurriendo aceite caliente y retorciéndose como si tuviera vida propia. Sus ojos brillaban con un resplandor rojizo, y cada burbuja que explotaba sobre su superficie liberaba un chisporroteo amenazante.

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La masa se lanzó hacia ellos con un rugido burbujeante, sus extremidades viscosas extendiéndose como tentáculos de aceite hirviendo. Fofi reaccionó al instante.

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Carbón empujó la caja con todas sus fuerzas, haciéndola chocar contra la masa justo cuando esta lanzaba uno de sus tentáculos grasientos. El impacto no fue suficiente para detenerla por completo, pero logró desequilibrarla por un segundo, lo que le dio al grupo un instante crucial para moverse.

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Los túneles eran oscuros y húmedos, con tuberías oxidadas goteando agua sobre las cabezas de los fugitivos. El sonido de sus pasos resonaba en el pasillo estrecho, y cada eco hacía que Fofi sintiera que algo los acechaba en las sombras.

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El grupo se detuvo en seco, jadeando por la carrera. El túnel se estrechaba más adelante, y en medio de la neblina de vapor y las luces parpadeantes, la silueta oscura seguía inmóvil, observándolos.

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El grupo siguió a la empanada por una serie de pasadizos oscuros y húmedos, donde el aroma a especias y pan tostado impregnaba el aire. Al doblar una esquina, se encontraron con un amplio espacio iluminado por luces tenues, donde diversos alimentos antropomórficos se congregaban en animadas conversaciones.

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Fofi aún no podía creer lo que veía. A su alrededor, la vida en el Refugio parecía una versión alternativa del mundo de los alimentos. No había cocinas ardientes ni clientes hambrientos, solo comida viva que había encontrado un lugar para existir sin miedo. Pero antes de que pudiera relajarse, la empanada le puso una mano en el hombro.

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Mientras la fiesta seguía en el Refugio, Fofi miraba a su alrededor con una mezcla de alegría y alivio. La pizza repartía rebanadas de queso extra a los más pequeños, el hotdog contaba exageradamente la historia de su valentía, y la empanada se había convertido en la heroína del momento, rodeada de admiradores.

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El autómata avanzó con pasos pesados, su brazo mecánico extendiéndose como un cazador implacable. Su ojo rojo parpadeaba con cada análisis que realizaba, escaneando a cada alimento viviente que intentaba huir.

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El autómata se estremeció mientras Fofi arrancaba los cables del núcleo de energía. Chispas volaron en todas direcciones, iluminando la escena con un resplandor rojo y amarillo.

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El aire en los túneles era húmedo y espeso, cargado con el olor rancio del aceite usado y el moho de los rincones olvidados del restaurante. Fofi avanzaba primero, con Carbón justo detrás, seguido por la empanada, la pizza y los dos pequeños nuggets que se movían en silencio.

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El aceite se fue enfriando lentamente, y el silencio fue reemplazado por un murmullo de asombro y celebración. Fofi se sentó en una caja metálica chamuscada, su pan ligeramente tostado pero con dignidad intacta. A su alrededor, los demás alimentos se acercaban, algunos riendo, otros simplemente abrazándose. La empanada le lanzó una mirada orgullosa y dijo:

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